viernes, 9 de julio de 2010

N.R.D.A


Solamente hay tres lugares en Guadalajara a los cuales mis amigos y yo nos hemos prohibido visitar de nuevo. Tres: el antro otrora llamado Azul, el parque de diversiones Selva Mágica y el popular y conocido “Caudillos disco-bar.” El primero en nuestra lista de lugares vetados entró en ella ya que en alguna ocasión el alcohol que allí ingerimos estaba tan adulterado que nuestros cuerpos y ánimos terminaron en una banqueta, intoxicados. Daniel Ríos, amigo mío desde los años de la preparatoria no corrió con tanta suerte y además fue golpeado y asaltado justo enfrente de la entrada del antro. La última vez que fuimos al parque, Selva Mágica nos hizo pagar casi ciento cincuenta pesos por el derecho a utilizar todas sus atracciones, así que para aprovechar el costo de entrada estuvimos todo el día de un juego mecánico a otro y subiendo a los mismos en incontables ocasiones, de esta manera sentíamos que se nos hacía justicia por el dinero desembolsado. Terminamos tan agotados y adoloridos que prometimos nunca volver a someternos a semejante experiencia.

El último en la lista es Caudillos, que será del que me ocuparé más ampliamente en esta ocasión. Decidimos no volver ya que se trata de un lugar poco agradable a la vista y donde es común sentirse vulnerable y en peligro. La casona que fue convertida en centro nocturno cimbra con los bailes de tanta y tanta gente a la vez, dando la idea de que en cualquier momento va a colapsar. Los asistentes son de los más variados orígenes y características: hombres y mujeres heterosexuales, homosexuales, transgénero, travestis, parejas, personas solitarias, grupos de amigos…Siendo un poco más simple, decidimos no volver porque no nos gustó.

Pero no era fin de semana, estábamos apenas a la mitad de ella y éramos los únicos que quedaban en un bar de la calle López Cotilla, Sunrise. Era la una de la mañana y el grupo de amigos quería seguir con la fiesta: Andy, diseñador de moda, David, productor de programas para la televisión, Memo, vendedor de relojes en una plaza comercial, Adrián, estudiante de teatro, Alejandro, estudiante de psicología y yo, estudiante de periodismo. Todos sabíamos bien que hay un solo lugar al que se puede ir a bailar y beber entre semana, en el centro de Guadalajara: Caudillos.

Si no le contábamos a nadie, sería como si nunca hubiese pasado y el pacto quedaría intacto. “Todos en una sola fila” nos dijo uno de los empleados a la puerta del antro. Encabezando estaba Alejandro. Otro empleado le pidió mostrase su credencial del IFE. Alejandro, buscando inútilmente en sus bolsillos sólo atinó a encontrar su credencial de la escuela, a lo que el encargado dijo que esa no era una identificación válida. Memo al escuchar esto lanzó un comentario hacia los que estábamos atrás en la fila: “Cómo no va a ser una identificación válida, si es de la universidad, obvio tiene más de dieciocho años”.

“Ve a imprimir tu CURP y con eso entras” dijo el hombre de la entrada con tono desenfadado. “Aquí está el ciber a una cuadra”. Habiendo regresado con el documento de Alejandro, procedimos a hacer la misma fila de antes. “No puedes pasar porque traes tenis, además tu compañero (refiriéndose a Memo) se está portando muy… muy… muy arrogante” exclamó el empleado cuando por fin encontró la palabra que buscaba. Todos nos quedamos muy asombrados, ya que esa excusa la pudo haber dicho antes de ir a imprimir la identificación solicitada, además de que Caudillos no es un lugar que restrinja el acceso a las personas en base a su vestimenta, lo cual está en contra de la ley y sin embargo sucede en la mayoría de los centros nocturnos de la ciudad. Pero en este no, en este la vestimenta no importa, incluso hemos visto indigentes al interior en otras ocasiones, los que obviamente no usaban los mejores zapatos.

“No mames, ¡ahora resulta!” fue la expresión de Adrián al escuchar al encargado. Nos disponíamos a retirarnos cuando él se detuvo mirando fijamente hacia la puerta. Parejas hombre-mujer, hombres solos, varios de ellos con tenis, entraban. Me dirigí hacia uno de los dos cadeneros vestidos de negro y cruzados de brazos que ya custodiaban la entrada. “¿Tienes algún código de vestimenta aquí o cómo es que funciona?” le pregunté al que se veía más joven y que tenía cabello largo muy rizado. Sin voltearme a ver y con una fingida actitud de superioridad contestó: “Mira brother, no es que no puedan entrar por que él trae tenis, sino que tu otro amigo viene con una actitud que no es la correcta” En ese momento, se acercó el otro empleado, el más viejo y que tenía una piel muy quemada por el Sol y dijo: “Si quieren pasar, pueden pasar todos, menos él” (Memo). De un instante a otro su criterio de aceptación había cambiado, ya no importaron los tenis, sino la “actitud” que mostrásemos ante ellos, guardianes inquebrantables de la puerta Caudillos. Ofendidos, mis amigos comenzaron a dejar el lugar.

En ese momento supe que al día siguiente estaría escribiendo estas líneas. Y qué mejor acompañamiento que el apoyo fotográfico. Al más puro estilo reporteril saqué mi teléfono celular y comencé a tomar fotografías de las personas y el lugar (me agrada provocar a los necios y sabía que eso los iba a alterar) El cadenero joven me dijo de manera serena que no podía tomar fotografías, ya que el lugar era una propiedad privada. Se le unió el viejo, pero con una actitud agresiva, gritando el absurdo: “¡No puedes tomar fotografías porque esto no es una propiedad privada!” y de un golpe en las manos me hizo bajar el teléfono celular.

Comprendí que en realidad él quería expresar: “esto es una propiedad privada”, “¿La calle es una propiedad privada? inquirí. “Déjalo que tome su fotografía” dijo un tercer empleado que se acercó a la escena por primera vez. “Tómame fotos a mí” me dijo un indigente que estaba a mi lado, haciendo poses graciosas y sonriendo ampliamente. Durante este embrollo, la actitud de los tres cadeneros cambió junto con las reglas: “Todos pueden entrar, menos él” (refiriéndose a mí). El circo en que se convirtió la situación se volvió insufrible y abandonamos el lugar.

En el mes de Junio se llevó a cabo la decimocuarta Marcha de la Diversidad Sexual en Guadalajara. Dicho evento sirve de escenario para que los antros, bares y lugares de entretenimiento dirigidos a la población homosexual en general, establezcan su imagen y posicionen sus empresas como “socialmente responsables” y comprometidas con la igualdad de derechos, el respeto y la diversidad. Entre dichos establecimientos estuvo presente Caudillos, con el mayor número de carros alegóricos, tres. Resulta curioso cómo una empresa que toma la bandera del respeto para fines de mercadotecnia no utiliza el valor en la práctica, realiza acciones de segregación y actúa en forma contraria a lo que se necesita para erradicar la discriminación.

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