lunes, 11 de abril de 2011

El agujero clausurado


El sótano de los libros y las revistas es la antesala de lo que era el glory hole más grande de Guadalajara. También era el alivio para los cientos de compradores del Centro Histórico que no encontraban otro lugar para orinar.

La gente podía llegar pronta y pasar al baño directamente, sin siquiera hojear un poco las revistas, sin fingir una actitud de potencial comprador al que no se le debe negar un baño.

También era común la historia de aquellos presurosos por el uso del sanitario, pero que podían aguantarse unos minutos más y echaban un ojo a las publicaciones, para despistar a los guardias y a los vendedores del Sanborn’s que está en avenida 16 de Septiembre y Juárez.

Es desde septiembre del año pasado que este punto de encuentro ha ido perdiendo su fama. La administración decidió cobrar cinco pesos a cada persona que desee usar el baño y brindar el servicio gratuitamente a sus clientes, ya sea del restaurante o de la tienda, siempre y cuando acrediten su compra con la respectiva nota de venta.

Con la imposición de la cuota y el paso de los meses, el baño del Sanborn’s ha cambiado su ambiente. Ya no hay una larga fila de hombres esperando un mingitorio libre o un retrete. Ahora ellos pueden darse el gusto de elegir el que luzca más limpio. Pero las historias de aquel tiempo cuando el baño era gratis permanecen en la memoria.

Los cuentos urbanos de la Guadalajara homosexual apuntan al sanitario de este Sanborn’s como un lugar de ligue cotidiano y encuentros sexuales furtivos. Los hombres que deseaban descargar sus potencias seminales con la ayuda manual de otro varón se posaban frente al repertorio de revistas, fingiendo interés por alguna de ellas: Traveler, Expansión, Perros & Compañía, Vogue o 15 a 20, no les importaba mucho cual.

Sin prestarle demasiada atención a la lectura, los hombres examinaban a los demás alrededor. Una mirada de arriba abajo, un gesto cualquiera, una ligera inclinación de cabeza eran la invitación para irse al baño en compañía. Y listo, a través de uno de los agujeros gloriosos entre cubículos o de pie frente a los mingitorios (con la mano invadiendo al de un costado) era como los hombres conseguían sus placeres.

Francisco Mora, quien en la actualidad ofrece a los clientes las toallas para secar las manos y el jabón, relata:

“Yo no estoy en contra de ningún homosexual ni de preferencia ni nada, cada quién su cotorreo, pero se la pasaban allá en los libros, nomás viendo quién entraba. Y entraban y salían, y entraban y salían. Nomás estaban allí a ver si agarraban algo, checándose en los mingitorios. Y eso se acabó, ya no entran de esa gente, de esos chavos, sino que llegan directamente a lo que vienen. Eso estaba creando una fama bien enorme. A esta sucursal ya le decían Sanborn’s Gay por tanto chavo. Y ya no”.

En los lapsos entre que atiende a un cliente y al siguiente, Francisco explica que el servicio es más “exclusivo” a partir de que cobran por el uso del baño.

“Mucha gente todavía reniega. ¡Son cinco pesos, carnales! Un pesito más y te vas en el camión, pero aquí entras y todo está a tu disposición: jabón, papel hasta para llevarte a tu casa. Hay gente que le jala y le jala al papel y se lo llevan”.

- “Adelante joven, buenas tardes”. Y continúa:

“Si entras a cualquier otro baño público son tres pesos lo que te cobran, pero desde que entras te dan tus cinco pedacitos de papel y es tu bronca si alcanzas o no. Entonces sí es mucha la diferiencia”.

- “Suerte mi señor, ¡buen provecho!”.


Son cinco pesos que acabaron con el motel para exhibicionistas. Es positivo para quienes no desean ir a presenciar un espectáculo homo-erótico al baño, pero por el contrario algunos usuarios se quejan del cambio.

Carlos Ortiz tiene 32 años y es cliente de Sanborn’s 16 de Septiembre. “El otro día llevé mis revistas al carro y dije ¡Ay! me anda del baño. Entonces regresé y no me dejaron entrar”. Le negaron: “No, no, lo siento, no trae el comprobante”. Él respondió “¡Oye pero te acabo de comprar!”. Y opina: “¿Qué les pasa? ¿Por qué están generalizando? Puede haber gente que sí compró, pero que por alguna situación se le olvidó el ticket o se lo dio a un familiar. Si quiero entrar al baño y no me traje el ticket no me dejan pasar. ¿Y esos cinco pesos a dónde van? A la empresa. ¿Quién se está beneficiando? Ellos”.


Carlos también sabe del uso que se le daba en otros tiempos al baño que acaba de utilizar:

“A fin de cuentas la gente que entra al baño, entra a ligar, entra a lo que sea, pero también puede ser cliente. Y estoy seguro que la mayoría de los Sanborn’s pueden ser parte fundamental de un tipo de grupo, de homosexuales, de emos, de lo que sea. Somos clientes todos”.

Francisco Mora; el empleado y Carlos Ortiz; el cliente, tienen una breve discusión sobre las ventajas y las injusticias de que el acceso al baño sea restringido. Los clientes entran y salen ya sin detenerse a intercambiar miradas entre ellos. Mientras, el agujero que alguna vez sirvió de puente entre un miembro y otra boca, ya está clausurado con una placa y tres tornillos.

lunes, 14 de marzo de 2011

La hora de las bicis

Jóvenes se adueñaron de plaza comercial para exigir un ciclo puerto

La gente en Centro Magno bebía café, miraban los escaparates y subían las escaleras que conducen al cine. De pronto, dos, tres, seis, más de cuarenta ciclistas irrumpieron al interior de la plaza comercial.

Comenzaron a dar vueltas al Starbucks que está al centro de la planta baja, con el escrutinio de las miradas curiosas. Ellas, ellos y sus bicicletas subieron las escaleras eléctricas y se adueñaron de la atención de todos los visitantes. “¿Para qué es eso?” Se comenzaban a preguntar.

Los elementos de seguridad privada comenzaron a actuar. Uno de los guardias se abalanzó sobre uno de los ciclistas para tratar de evitar que este subiera con bici por la escalera automatizada.

“No puedes subir con la bicicleta” le decía el guardia al joven mientras trataba de evitar el ascenso de la bici. La poca fuerza del empleado no evitó que el ciclista y su medio de transporte llegaran hasta el tercer piso de la plaza. “Es que también soy cliente, es mi bicicleta” decía el protestante.

Los motivos del movimiento ciclista

Fernando Hernández, mejor conocido como Micro en las redes sociales fue al cine de Centro Magno hace aproximadamente dos semanas. Encadenó su bicicleta en una de las jardineras del exterior del centro comercial. Cuando salió de la plaza se dio cuenta de que le habían robado su medio de transporte.

Buscó una cita con los administradores para tratar el asunto, pero no recibió respuesta. Es por ello que decidió protestar y armar un Flash Mob, que es un movimiento de expresión donde personas se reúnen para apropiarse simbólicamente de un espacio público y así comunicar ideas a los observantes sobre lo que les gusta, apasiona, inconforma o contraría.

Por medio de Twitter y Facebook, Micro convocó a los ciclistas de la ciudad para que se dieran cita ayer a las seis y media de la tarde en Centro Magno, con cascos, coderas, canastillas, banderas con bicis pintadas y las mismas bicicletas, por supuesto. El objetivo; exigir a la administración de la plaza que instale ciclo puertos para que clientes como Micro, puedan realizar sus compras despreocupadamente.

La gente aplaudía, gritaba, echaba porras. Los más de cuarenta ciclistas recibieron el indiscutible apoyo de la clientela de Centro Magno. Pero el movimiento no fue del agrado de la seguridad, ni de algunos de los locatarios. Un joven encargado de una tienda de celulares expresó: “No está chido que metan bicis aquí”.

La discusión

Micro, mediante un altoparlante planteó dos opciones para el personal de seguridad, ante decenas de miradas que se asomaban por los balcones de los tres niveles de la plaza. “Una es que nos vayamos de aquí como llegamos porque no les caímos bien a los de seguridad y la otra es que nos den chance de consumir aquí con nuestras bicicletas adentro para que no nos las roben. Ustedes dicen”.

Fue en ese momento cuando comenzó una discusión entre Micro, el resto de los ciclistas y el personal de seguridad, en especial con Antonio Morales, que preocupado por su trabajo, les pedía a los manifestantes que sacaran sus bicicletas con frases como las siguientes:

“Es que es en serio, saquen las bicis allá afuera, no los estoy corriendo”.
“La manifestación se puede hacer de otra manera, no entrando en una plaza, donde es privado”.
“¡A poco nomás por una bicicleta robada estás haciendo esto!”.
“Los invitamos a que vengan a la plaza, a que consuman, a que se diviertan, pero sanamente”. A lo que Micro respondió: “¿Y venir en bicicleta no es sano?”.


Alrededor de las siete de la tarde arribaron dos policías de la Dirección General de Seguridad Pública de Guadalajara y Maricarmen Almaral, una de las administradoras de la plaza.

Los manifestantes ya se retiraban, pero a las afueras del centro comercial se sumieron en una discusión con los policías y la administradora. Los oficiales alegaban que esa no era la manera de expresar inconformidades a una empresa, que lo correcto era enviar cartas a la administración y Maricarmen Almaral sostenía por su parte que nunca recibió la visita de Micro para tratar de solucionar su problema por una vía menos llamativa que el Flash Mob.

Se van

Al grito de “¡Ciclo puerto, ciclo puerto!” los manifestantes abandonaron la plaza a las siete con diez minutos con dirección al Parque Revolución. “Allí vamos a estar conviviendo un rato”, expresó Micro por el altavoz.

2, 812 pesos fue el consumo total de los ciclistas en la media hora aproximada que estuvieron al interior de la plaza, cifra que sumaron con notas de venta de helados y cafés principalmente.



lunes, 21 de febrero de 2011

Los cuentos a la calle

Todos los domingos en la Vía Recreactiva las familias pueden asistir a escuchar narraciones al aire libre

La idea de llevar a las calles a autores como Agustín Yáñez y Jorge Ibargüengoitia es para sembrar en los niños y las niñas el placer por la lectura, así como para conocer las historias que a los pequeños les pasan por la mente.

Algunos sillones puff, un estante con libros que la gente e instituciones han donado, un micrófono y el indispensable Cuentacuentos es lo que compone el Faro de la Lectura, que se instala en el parque del Ex Convento del Carmen desde las 8:00 de la mañana hasta la 1:30 de la tarde.

Cuadro de texto: Fotografía: Daniel BadilloIsidro Delgado, profesor de secundaria y en la Universidad de Guadalajara es el encargado de narrar las historias. Sobre su trabajo en El Faro explicó:

“A mí me fascina el que nos estén acompañando y participando. Está lleno el espacio, a lo mejor porque tenemos poquitos lugares pero regularmente ha habido gente. Ellos se van contentos”.

Aseguró que adultos, niñas y niños disfrutan de escuchar cuentos, pero que el espacio de lectura también invita a los asistentes a escribir y compartir sus propias narraciones: “Aquí aparecen textos extraordinarios que podrían estar en cualquier libro de literatura. Eso es muy bueno”.

El Faro de la Lectura tiene visitantes ocasionales y otros que acuden cada domingo. Ana Luisa Medina (a la derecha en la fotografía, vistiendo una blusa rosa) acudió por primera vez y prometió volver con su pequeña hija.

Pero además, Ana Luisa tiene sugerencias para mejorar el espacio de lectura, el cual tiene dos principales deficiencias:

“La música (proveniente de las carpas vecinas a la de El Faro) no deja escuchar al narrador. Hay que respetar la zona, si es de lectura pues la gente se distrae. También un mejor sonido para que se aprecie mejor”.

Lo anterior lo expresó ya que el altavoz del que se vale Isidro Delgado el Cuentacuentos, se oye distorsionado y opacado por la interferencia de una señal de radio que se alcanza a percibir en segundo plano. Es una falla notoria, pero que según los encargados no ocurre con frecuencia.