viernes, 9 de julio de 2010

N.R.D.A


Solamente hay tres lugares en Guadalajara a los cuales mis amigos y yo nos hemos prohibido visitar de nuevo. Tres: el antro otrora llamado Azul, el parque de diversiones Selva Mágica y el popular y conocido “Caudillos disco-bar.” El primero en nuestra lista de lugares vetados entró en ella ya que en alguna ocasión el alcohol que allí ingerimos estaba tan adulterado que nuestros cuerpos y ánimos terminaron en una banqueta, intoxicados. Daniel Ríos, amigo mío desde los años de la preparatoria no corrió con tanta suerte y además fue golpeado y asaltado justo enfrente de la entrada del antro. La última vez que fuimos al parque, Selva Mágica nos hizo pagar casi ciento cincuenta pesos por el derecho a utilizar todas sus atracciones, así que para aprovechar el costo de entrada estuvimos todo el día de un juego mecánico a otro y subiendo a los mismos en incontables ocasiones, de esta manera sentíamos que se nos hacía justicia por el dinero desembolsado. Terminamos tan agotados y adoloridos que prometimos nunca volver a someternos a semejante experiencia.

El último en la lista es Caudillos, que será del que me ocuparé más ampliamente en esta ocasión. Decidimos no volver ya que se trata de un lugar poco agradable a la vista y donde es común sentirse vulnerable y en peligro. La casona que fue convertida en centro nocturno cimbra con los bailes de tanta y tanta gente a la vez, dando la idea de que en cualquier momento va a colapsar. Los asistentes son de los más variados orígenes y características: hombres y mujeres heterosexuales, homosexuales, transgénero, travestis, parejas, personas solitarias, grupos de amigos…Siendo un poco más simple, decidimos no volver porque no nos gustó.

Pero no era fin de semana, estábamos apenas a la mitad de ella y éramos los únicos que quedaban en un bar de la calle López Cotilla, Sunrise. Era la una de la mañana y el grupo de amigos quería seguir con la fiesta: Andy, diseñador de moda, David, productor de programas para la televisión, Memo, vendedor de relojes en una plaza comercial, Adrián, estudiante de teatro, Alejandro, estudiante de psicología y yo, estudiante de periodismo. Todos sabíamos bien que hay un solo lugar al que se puede ir a bailar y beber entre semana, en el centro de Guadalajara: Caudillos.

Si no le contábamos a nadie, sería como si nunca hubiese pasado y el pacto quedaría intacto. “Todos en una sola fila” nos dijo uno de los empleados a la puerta del antro. Encabezando estaba Alejandro. Otro empleado le pidió mostrase su credencial del IFE. Alejandro, buscando inútilmente en sus bolsillos sólo atinó a encontrar su credencial de la escuela, a lo que el encargado dijo que esa no era una identificación válida. Memo al escuchar esto lanzó un comentario hacia los que estábamos atrás en la fila: “Cómo no va a ser una identificación válida, si es de la universidad, obvio tiene más de dieciocho años”.

“Ve a imprimir tu CURP y con eso entras” dijo el hombre de la entrada con tono desenfadado. “Aquí está el ciber a una cuadra”. Habiendo regresado con el documento de Alejandro, procedimos a hacer la misma fila de antes. “No puedes pasar porque traes tenis, además tu compañero (refiriéndose a Memo) se está portando muy… muy… muy arrogante” exclamó el empleado cuando por fin encontró la palabra que buscaba. Todos nos quedamos muy asombrados, ya que esa excusa la pudo haber dicho antes de ir a imprimir la identificación solicitada, además de que Caudillos no es un lugar que restrinja el acceso a las personas en base a su vestimenta, lo cual está en contra de la ley y sin embargo sucede en la mayoría de los centros nocturnos de la ciudad. Pero en este no, en este la vestimenta no importa, incluso hemos visto indigentes al interior en otras ocasiones, los que obviamente no usaban los mejores zapatos.

“No mames, ¡ahora resulta!” fue la expresión de Adrián al escuchar al encargado. Nos disponíamos a retirarnos cuando él se detuvo mirando fijamente hacia la puerta. Parejas hombre-mujer, hombres solos, varios de ellos con tenis, entraban. Me dirigí hacia uno de los dos cadeneros vestidos de negro y cruzados de brazos que ya custodiaban la entrada. “¿Tienes algún código de vestimenta aquí o cómo es que funciona?” le pregunté al que se veía más joven y que tenía cabello largo muy rizado. Sin voltearme a ver y con una fingida actitud de superioridad contestó: “Mira brother, no es que no puedan entrar por que él trae tenis, sino que tu otro amigo viene con una actitud que no es la correcta” En ese momento, se acercó el otro empleado, el más viejo y que tenía una piel muy quemada por el Sol y dijo: “Si quieren pasar, pueden pasar todos, menos él” (Memo). De un instante a otro su criterio de aceptación había cambiado, ya no importaron los tenis, sino la “actitud” que mostrásemos ante ellos, guardianes inquebrantables de la puerta Caudillos. Ofendidos, mis amigos comenzaron a dejar el lugar.

En ese momento supe que al día siguiente estaría escribiendo estas líneas. Y qué mejor acompañamiento que el apoyo fotográfico. Al más puro estilo reporteril saqué mi teléfono celular y comencé a tomar fotografías de las personas y el lugar (me agrada provocar a los necios y sabía que eso los iba a alterar) El cadenero joven me dijo de manera serena que no podía tomar fotografías, ya que el lugar era una propiedad privada. Se le unió el viejo, pero con una actitud agresiva, gritando el absurdo: “¡No puedes tomar fotografías porque esto no es una propiedad privada!” y de un golpe en las manos me hizo bajar el teléfono celular.

Comprendí que en realidad él quería expresar: “esto es una propiedad privada”, “¿La calle es una propiedad privada? inquirí. “Déjalo que tome su fotografía” dijo un tercer empleado que se acercó a la escena por primera vez. “Tómame fotos a mí” me dijo un indigente que estaba a mi lado, haciendo poses graciosas y sonriendo ampliamente. Durante este embrollo, la actitud de los tres cadeneros cambió junto con las reglas: “Todos pueden entrar, menos él” (refiriéndose a mí). El circo en que se convirtió la situación se volvió insufrible y abandonamos el lugar.

En el mes de Junio se llevó a cabo la decimocuarta Marcha de la Diversidad Sexual en Guadalajara. Dicho evento sirve de escenario para que los antros, bares y lugares de entretenimiento dirigidos a la población homosexual en general, establezcan su imagen y posicionen sus empresas como “socialmente responsables” y comprometidas con la igualdad de derechos, el respeto y la diversidad. Entre dichos establecimientos estuvo presente Caudillos, con el mayor número de carros alegóricos, tres. Resulta curioso cómo una empresa que toma la bandera del respeto para fines de mercadotecnia no utiliza el valor en la práctica, realiza acciones de segregación y actúa en forma contraria a lo que se necesita para erradicar la discriminación.

lunes, 21 de junio de 2010

DÍA LIBRE


Esperé dos semanas a que este día llegara. En la escuela nos llevarían de visita al Museo Regional de Jalisco y vaya que era un gran evento, ya que no solemos salir en excursiones muy a menudo. Desde temprano en la mañana comencé a prepararlo todo: al salir de bañarme ya me esperaba en la habitación mi playera blanca, unos shorts amarillos y un par de calcetines cortos, todo esto acomodado como si yo estuviese tendido sobre la cama y me hubiese desinflado. Mamá aún preparaba el almuerzo para mis hermanos y yo. Además me armó un refrigerio para la tarde: una torta de jamón con crema, cebolla y jitomate, y para beber, un yogurt de fresa. Todo cuidadosamente acomodado en mi mochila roja con amarillo, esa que me gusta tanto usar en las pocas veces que nos han llevado a pasear. “No se te vaya a olvidar el permiso firmado” me dijo Mamá meneando el guiso de huevo con chile que cocinaba.

Elsa, mi hermana, la que sigue de mí y que ya va en la secundaria, tomó su mochila y se fue. Mi hermano Adrián ya no estaba en casa y yo seguía esperando a que Mamá terminara de hacer sus quehaceres para que me llevase a la escuela. Nueve años de edad, ya va siendo hora de que me deje ir a la escuela sólo, pero ella insiste en que es peligroso caminar esas siete cuadras para un niño de mi edad. Pero como todos los días, se le ocurre hacer mil cosas antes de salir de casa: dejar listo esto, comprar lo que falta, ir preparando aquello… Y como si fuese un ritual que hay que repetir día con día, ir al baño siempre antes de salir “no vaya a ser que me den ganas y luego no llegue a tiempo”

Y hoy no fue la excepción; ya eran las dos de la tarde y seguíamos en casa. Comencé a desesperarme un poco, pero me calmé a mi mismo pensando que no había razón alguna para preocuparse, total, muchos niños también llegan tarde y lo único que ocurre es que todos los demás les gritan fuertemente “¡Buenas noches!” desde sus lugares.

Minutos después salimos finalmente y Mamá sugirió que debíamos tomar un camión en lugar de ir caminando, como lo hacíamos de costumbre. La calle estaba algo vacía, poca gente y no había coches circulando, algo extraño para la calle en donde vivo. No me pareció que fuese a pasar algún camión pronto, pero Mamá se adelantó a mi respuesta y cambiando de parecer simplemente dijo: “Sí llegamos, mejor vámonos caminando”, como si me hubiese leído el pensamiento. Para ese momento mi grado de desesperación había ido ligeramente en aumento. Pasamos por la cremería de la señora Elodia “¿No quieres llevar un Yakult?”

Me pareció que no era momento de detenernos para comprar más alimentos, pero, un Yakult no era mala idea. Algunos minutos después y ya íbamos de nuevo camino a la escuela.

Las últimas tres calles antes de llegar se alargaron más de lo esperado. Que el autobús encargado de llevarnos al museo se fuera sin mí no me había parecido una opción tan probable como lo fue en ese momento. Me preguntaba si mis amigos ya estarían en la escuela, ¿Ya habrían entregado sus permisos para ir de paseo? ¿Alguno lo habrá olvidado, provocando que se retrase todo y sea él quien reciba las burlas en vez de mí? Julio vive muy cerca, seguramente ya habrá llegado. A Alejandra siempre la trae su tía, muy puntualmente. Tía que por años pensé que era su mamá, esa señora tan joven y malhumorada. Espero que Enrique no vaya porque de seguro se la pasará molestándome y haciendo bromas sobre mi estatura.

Con estos pensamientos estaba cuando vi pasar un camión blanco, grande. Era uno de esos que parecen estar hechos por completo de lámina, los que no circulan por las calles tan a menudo, esos que los maestros contratan para paseos especiales. Lo vi pasar frente a la escuela, transitar de lado a lado sin detenerse, hasta perderse de vista. Todavía a una cuadra de distancia Mamá y yo nos detuvimos repentinamente. No hizo falta que alguno de los dos dijese algo para entender que ese era el camión, que aún nos quedaba una cuadra por caminar, que ya era demasiado tarde y que se habían ido sin mí. Enojado, amargado y triste quería reclamarle a Mamá: ¿Por qué siempre te dan ganas de ir al baño antes de salir? ¿Por qué tienes que lavar los trastes antes de llevarme a la escuela? No se ofenderán y se irán a otra parte si los dejas sucios ¿Por qué le tienes que contar a mis tías todas las cosas vergonzosas que suelo hacer y decir sin querer? ¿Por qué siempre me dices que yo debería ser más como mi primo Lalo? él que aún siendo un niño es siempre tan cortés y educado en las reuniones familiares. ¿Y por qué caminas tan lento siempre?

Sí, quería reclamarle todas estas cosas y más, muchas más. Pero no dije nada, por otra parte ella se limitó a decir “Si no nos hubiéramos parado por el Yakult, sí hubieras alcanzado a tus compañeros”

Me ofreció llevarme hasta el museo, pero dije no. En realidad no me emocionaba la idea de ir al Regional de Jalisco, ni siquiera sé qué es lo que exhiben ahí. Lo que atraía mi atención era salir de la escuela entre semana, como pocas veces ocurría, cantarle las típicas canciones molestas al conductor y sobre todo andar por la calle con mis amigos, sin uniforme. Desde ese momento y hasta llegar a casa me dediqué a pensar cómo fue que todos en la escuela decidieron dejarme, así tan descaradamente: ¿se habrán preguntado por qué no llegué? ¿Alguno habrá sugerido que me esperasen un momento más? ¿Cómo la estarán pasando? Ya podía escuchar las bromas al día siguiente si alguien descubría lo que me ocurrió.

Esta ha sido una larga tarde en casa. Mamá está de nuevo en sus quehaceres, preparando algo en la cocina que hace sonar mucho el aceite y saca grandes nubes de humo por la ventana, seguramente estará cocinando papas a la francesa o enchiladas. No puedo ver qué es porque estoy aquí, sentado en la sala viendo Los Thundercats, comiendo yogurt de fresa y Yakult. Es tan rara la sensación de estar en casa a estas horas, ver en la tele programas que ni siquiera sabía que se trasmitían, fijar la mirada en el piso del patio, mirando cómo avanza el Sol de la tarde, de una manera en que hacía mucho tiempo no veía. Mi torta sigue empacada, le eché una mirada y descubrí que el olor a cebolla ya perfumó por completo mi mochila favorita. La torta luce aplastada, mojada y con una servilleta que se le ha pegado por completo. No la comeré; ese tipo de tortas no se hacen para comer en casa.

lunes, 14 de junio de 2010

NO QUIERO


Me tomó una hora despertarme por completo. De un lado para otro volteo mi cuerpo tratando inútilmente de motivarme a pegar un salto fuera de la cama. ¿Me pides que te cuente cómo es un día normal en mi vida? Lo que tengo son varias razones para no hacerlo: en primera, tengo mala memoria, por las tardes me resulta difícil recordar qué fue lo que desayuné si alguien me lo pregunta. La segunda, aún no puedo pensar, sólo siento. Me gusta la sensación de las sábanas que se pegan por completo a mi cuerpo, imagino las líneas que trazan sus hilos al tejerse unos con otros, como aparece en esos anuncios que venden detergentes para ropa. Poco a poco la lucidez cedida durante la noche vuelve a entrar en mi cabeza, dejando la almohada en la que la dejé encargada.

Nunca planeo las cosas con demasiada anticipación, me parece que pensarlas diez minutos antes de hacerlas es más que suficiente, así salen frescas y de efectos impredecibles. Este estilo de rutina tendría que resultar en una vida llena de emociones y actos insospechados. Pero la verdad es que no: todos los días transcurren sólo con diminutas diferencias.

Y ahora, ya que me lo pides haré una excepción y trazaré un camino de lo que será mi jornada: Me levantaré por el lado izquierdo de mi cama, como cada día, me pondré los shorts que dejo siempre en el sillón y saldré de mi habitación a buscar algo de comida. Sobre la estufa encontraré dos cazuelas de barro: una con frijoles y la otra con algún guiso que de seguro llevará chile en sus ingredientes, uno muy picante. Mi mamá se habrá ido a practicar deporte con sus amigas, pero teniendo el cuidado de dejar el almuerzo listo. Tal vez deje mi desayuno a medias, ¡Vaya que ese chile pica! muerde, quema.

Para ese entonces ya habré gastado bastante tiempo y tendré que apresurarme para tomar un baño y salir a prisa, no quiero perder el autobús de las diez veinte de la mañana y llegar tarde a la escuela.

Después de dos horas de camino, llegaré a la que ha sido mi segunda casa durante casi un año. Me gusta que mi universidad se vea pequeña desde fuera, pero que una vez entrando en ella parezca que se alarga hasta casi llegar al monte que se encuentra a sus espaldas. La luz del sol que se refleja en el pavimento suele nublar mis ojos, así que caminaré pronto y sin detenerme para evitarme la incomodidad.

Siempre tengo hambre. Una vez que llegue al salón me darán ganas de ir a la cafetería por unas galletas y una vez allí me apetecerán unas papas fritas del autoservicio de enfrente. Después, unos tacos al pastor, o tal vez ir a comer a la casa de mi amiga Monserrat, que queda cerca, que siempre nos recibe tan amable y que tiene una cama a la que no puedo resistirme. Tal vez sea un cuento de las abuelas, pero a mí sí me ocurre: justo después de comer no quiero hacer otra cosa mas que dormir, pero no podré hacerlo, llegará el momento de volver a clase por ese mismo camino que empaña la vista.

Será casi de noche cuando regrese a casa y deba viajar otras dos horas para poder quitarme la ropa y volver a ponerme el short que guardo en el sillón. Pero antes de eso, tendré que bajarme del autobús y caminar por esas calles al lado de la avenida que tan misteriosas características presentan: un alumbrado público que no hace del todo bien su trabajo, esa casa deshabitada que pretender demostrar lo contrario con una lámpara opaca encendida a la puerta, los talleres mecánicos custodiados por perros que amenazan con salir a atacar en cualquier momento. Seguramente me asustaré con mi propia sombra cuando sienta que ella se me acerca demasiado, como si fuese la de alguien más. Caminando, esquivando a las personas, ignorando sus historias, así hasta llegar a casa.

Sí, todo esto comenzará a suceder en cuanto ponga un pie debajo de la cama. Pero hoy he decido no levantarme, así no tendré nada que contar.

jueves, 27 de mayo de 2010

PSIQUIÁTRICO


Con la mirada fija en los enfermeros el joven pide que lo saquen de allí – Déjenme salir, no me voy a matar, no sean culeros ya- Está en el área que el personal llama Estancia Breve, donde llegan los pacientes en una fase crítica y son vigilados estrechamente por un periodo aproximado de 72 horas. En el Hospital psiquiátrico San Juan de Dios, sanatorio privado que le brinda servicio subrogado al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), la jefa de enfermería, la Licenciada Angélica Gómez hace su recorrido, comenzando por la sección destinada a los varones.

Las habitaciones están alrededor, un jardín al centro y el área asegurada por rejas. Aquí es conducido todo paciente que ingresa por primera vez y al cual se le brinda atención primaria. Se valora si es que tiene problemas físicos y la magnitud de éstos. De ser considerables, se traslada al enfermo a un hospital general para que pueda ser atendido. Los que se quedan, son diagnosticados por el médico de guardia, para conocer si el paciente con problemas agudos tiene riesgo de hacerse daño a sí mismo o a otras personas.

-Sáqueme o le pongo unos putazos- le dice el joven a la enfermera Angélica. Los pacientes en esta área suelen estar inquietos, agresivos o delirantes, “A veces son días de que no hay conciencia” expresa la licenciada. El estado mental de los internos en ocasiones obliga al personal de enfermería a controlarlos por medios físicos: si hay una actitud agresiva, se les conduce a la Unidad de Terapia Intensiva, donde las camas tienen métodos de sujeción de extremidades, las camas están empotradas al suelo y donde las habitaciones son monitoreadas por cámaras de video. El procedimiento para sujetar a los pacientes tiene que llevarse a cabo mediante formalidades: “nosotros no podemos sujetar a alguien si no tenemos la autorización por escrito, si no está escrito tenemos que estarlo deteniendo hasta que venga, ahora con los Derechos Humanos, los tenemos encima, niégales algo y ya los tenemos encima con las demandas”.

La siguiente área, donde los internos pueden permanecer hasta que son dados de alta es denominada Estancia Media. Aquí tienen más libertad para moverse, ya que cuentan con un amplio patio. Alrededor de éste se encuentran un gimnasio, la peluquería y el cuarto de televisión, “aunque a la televisión no le ponen aprecio mas que cuando hay futbol” dice la licenciada Angélica. Algunos de ellos están dormidos en el pasto, otros caminan mirando al cielo, con sombreros de hielo seco, adornados con plumas verdes y pintura. Un hombre de suéter negro está en el bebedero. Con las manos se acerca agua a la boca, como si fuese a beberla, pero después las abre y el agua cae al suelo, repitiendo la operación constantemente. Otros más juegan ajedrez, mientras Ponchito, uno de los pacientes de mayor edad repite al caminar: “Ay ando penando. Ando como las ánimas en pena, ando como las ánimas en pena”.

En los últimos años, la población del hospital ha ido cambiando. Anteriormente, los pacientes hombres superaban en número a las mujeres, ya que los casos de alcoholismo detectados por el IMSS eran enviados a este hospital. Debido a la alta incidencia, los costos se fueron elevando. Ahora, cuando llega un paciente alcohólico se canaliza a la clínica que le corresponde y después se va a casa. Por otro lado, las principales causas de ingreso en la actualidad de pacientes hombres son los trastornos de personalidad, que son desviaciones de la conducta de lo que culturalmente se considera “aceptable” y las adicciones. Como consecuencia, la mayor parte de los internos de la institución son del sexo femenino. La jefa de enfermería considera que esto se debe a que las mujeres son más propensas a padecer enfermedades por la depresión. El maltrato familiar, la violencia en el matrimonio, la falta de comunicación en el hogar y la infidelidad son las causas de desordenes mentales que ella localiza como las más frecuentes en las mujeres que atiende.

José Alberto Jiménez es uno de los enfermeros encargados de los pacientes hombres. Lleva 3 años en el hospital y recuerda con añoranza sus primeras experiencias en el campo, en la Cruz Roja, en la “medicina general” como él la llama, donde en el área de urgencias él considera hay más acción. La rutina en el psiquiátrico le parece un tanto lenta, aburrida; repetir las mismas acciones todos los días. Aunque, confiesa, hay ocasiones en que la rutina se rompe y los pacientes se tornan muy agresivos y hasta han llegado a golpearlo, sobre todo cuando por alguna razón les suspenden la medicación: “Entran en un estado que dices: ¡De dónde sacó tantas fuerzas!

Además, tiene que ser muy cuidadoso de no involucrarse demasiado en los problemas del interno, porque puede salir afectado. Recuerda que sus compañeros le recomendaban “oír a los pacientes, no escucharlos”. Confiesa que muchas veces se ha “llevado los problemas de los internos a casa” y se acuerda que algunos enfermeros han pasado a formar parte de la institución, pero del otro lado, donde están las personas con trastornos mentales. A pesar de todo, también le gusta la relativa tranquilidad de su trabajo, suele ir al gimnasio con los pacientes, jugar fut-bol con ellos y hacer “desmadre”.

Estancia Prolongada se compone de un patio, el comedor y 10 habitaciones. Aquí se encuentran los pacientes con enfermedades crónicas y que han permanecido más tiempo en la institución que cualquier otro interno: Dianita, Raúl, Luis, Rosita y Gil. Aunque en esta área se encuentran los pacientes de mayor edad, las paredes del comedor están adornadas con balones de fut-bol con colores llamativos, creando una atmósfera particular, como si se tratase de un jardín de niños. Los enfermeros conocen bien a estos pacientes: Dianita tiene 49 años internada, cuando la sacan pide que la regresen, Raúl pasa la mayor parte del tiempo en el suelo, dando vueltas. Luis se golpea a sí mismo. En este momento Rosita duerme en su habitación, al igual que Gil, que acaba de sufrir una crisis convulsiva: “Gil está chiquito pero está sujeto, porque él muerde, él se va a las mordidas y te arranca el trozo” dice la enfermera encargada. Dos empleados, una enfermera y un religioso son los responsables de estos pacientes. “A ellos hay que estar bañándolos 4 o 5 veces al día porque no te avisan que van al baño, hay que vigilar su ingesta porque pueden tomarse un bocado entero y se nos pueden ahogar” expresa.

Ocurre con frecuencia que las familias de los internos ya no pueden pagar las cuotas del hospital, que oscila en los $500 pesos diarios por paciente, y debido a la estancia tan prolongada que algunos de ellos llevan, la familia deja de cubrir sus pagos. El hospital, en su calidad de institución católica también está comprometido a brindar asistencia social, y no se obliga a la familia a cubrir las cuotas, sino que se llega a acuerdos mediante un abogado, para determinar qué cuentas pueden ser saldadas y cuál sería un monto adecuado para que las familias sigan aportando dinero al sanatorio.

El lado izquierdo del hospital está destinado a las pacientes mujeres. La Clínica de Esquizofrenia atiende a 27, el cupo máximo. Ellas se caracterizan por ser de conducta impredecible, ya que la enfermedad implica una distorsión del pensamiento, llevando al que la padece a tener ideas delirantes, así como alteraciones en la percepción auditiva y visual. En la puerta de acceso al patio están dos internas, una es joven, de piel blanca y cabello trenzado. La otra es un tanto mayor y tiene la mirada fija en algún punto de la pared. – Déjeme salir, quiero ir con mi mamá- dice la joven, mientras la otra permanece inmóvil, con la boca semi-abierta. Las enfermeras tranquilizan a la primera y la conducen de nuevo al patio, discretamente.

Las escaleras afuera de la Clínica de Esquizofrenia conducen al área de Estancia Breve y Media de Mujeres, en donde los casos más comunes son trastornos afectivos: depresión, trastorno bipolar y en las pacientes más jóvenes, anorexia, bulimia y adicciones. Teresa Parra, Marta Tiburcio y Alicia Hernández son algunas de las enfermeras encargadas de la sección. Diariamente revisan los expedientes, administran medicamentos, llevan las dietas de las pacientes, y las conducen de sus habitaciones al comedor, al patio central y a realizar llamadas telefónicas, además de esto, les verifican la presión, los niveles de glucosa en sangre, las bañan, las limpian y asisten. Están con ellas y las vigilan en las 12 horas que dura su jornada de trabajo.

Alicia narra cuáles fueron sus impresiones cuando comenzó a trabajar con pacientes psiquiátricos; en un principio ella creía que los internos usarían camisas de fuerza y se moverían como zombis, pero al ingresar al hospital, cuando recién terminó de estudiar la carrera de enfermería, se dio cuenta de que no era así. En realidad, como ella lo relata: “el paciente necesita una atención especial, más que nada apoyo moral, porque casi la mayoría de las pacientes vienen por depresión, ahorita que es la enfermedad del momento”. Ella considera que cuando se es enfermera hay que “ser de todo”: terapeuta, trabajador social y hasta psicólogo, cosas que no se aprenden en la escuela, sino en la experiencia diaria en el hospital.

Marta Tiburcio recuerda particularmente aquella ocasión en la que su compañera Alicia le entregaba la guardia y hacían el cambio de turno. Recorrieron las habitaciones, una por una, hasta llegar a la número 6, donde se encontraba la interna con una sábana al cuello que colgaba del cortinero. Las enfermeras lograron intervenir a tiempo, Marta recuerda la mirada de la mujer mientras la conducían al área de observación: “Me veía con coraje, porque no consiguió lo que ella quería y para hablarme tardó como unos dos días”. En otra ocasión, con otra paciente, no tuvieron la misma suerte: “Se asfixió con una bolsa de plástico, se la puso, se la amarró y se quedó dormida. Ella no andaba diciendo – me quiero matar, me voy a matar, - ella se subió, tuvo visita de 1 a 3 y a la hora de bajarlas para andar en el patio, anduvimos tocando las puertas: -oye ya al patio, ya terminó la hora” y la sorpresa fue que la paciente ya estaba muerta” En esos casos, el cuarto se cierra con llave, hasta que el médico y el supervisor llegan. Si los demás internos preguntan, sólo se les dice que al paciente se lo llevaron a petición de algún familiar, o que fue dado de alta simplemente.

En lo que ellas coinciden, es que sienten una gran satisfacción al ver que los internos se van. Algunos regresan, otros se van para siempre. Saben que cada vez que un paciente reingresa, muestra un comportamiento diferente al que mostraba con anterioridad, siempre impredecible, casi como si fuese otra persona, que exige toda su atención. Todos esos días, en que parece que no logran ningún avance tienen su recompensa el día en que los ven caminando, relacionándose con los demás, observando libremente el mundo a su alrededor. El sentimiento que experimentan se reduce a una sola palabra: “Salió”.

lunes, 17 de mayo de 2010

YA NO ES UNA ENFERMEDAD

17 de mayo, Día Internacional Contra la Homofobia

Ya no es una enfermedad. Hace veinte años que una organización internacional de salud ya no la considera así. Alguna vez lo fue, así estaba tipificada. Hoy podemos decir que las personas homosexuales son normales y no enfermas como antes se pensaba. Sin embargo, tal ha sido la realidad que, a pesar de las acciones para minimizar los efectos de la homofobia en la sociedad actual, hay quienes se han construido su propia enfermedad a raíz del miedo al rechazo y por culpa de la necesidad de ser aceptados.

Hablo de aquel hombre que tiene más de cuarenta y cinco años de edad. Aquel eternamente soltero al que su familia critica por no haber formado una familia como todas. El hombre homosexual que se privó de vivir su vida con un hombre a su lado, ya que le enseñaron desde niño que aquello era incorrecto. Digo que hay quienes se han construido su propia enfermedad al saber de aquellos hombres y mujeres, que buscan la compañía casual de jóvenes, pensando que de esta manera serán rejuvenecidos, pensando que así obtendrán el afecto que ellos mismos se negaron durante toda su vida, y ahora sienten el peso del tiempo encima.

Enfermedad la que surge cuando un hombre se casa con una mujer y tienen hijos, aún siendo el varón homosexual. Enfermedad y conflictos mentales que serán provocados por llevar una vida de apariencias. Infección la que posiblemente le trasmitirá a su esposa, por satisfacer los deseos sexuales del hombre con otros hombres, trabajadores sexuales tal vez. Conflictos mentales que no serán exclusivos del marido, cuando su esposa se dé cuenta de las preferencias de su pareja y deba vivir con ello, en silencio, ya que toda su vida le han enseñado que debe permanecer con su esposo pase lo que pase, es su “cruz” y debe cargar con ella.

No hay que olvidar los problemas que viven hombres y mujeres jóvenes, que pasan innumerables experiencias negativas en la búsqueda de su pareja homosexual ideal, ya que tienen que hacerlo a escondidas y con el reproche de quienes están a su alrededor. Problemas que también vive el adolescente que es objeto de burlas en la escuela por mostrar actitudes que se consideran propiamente femeninas; la adolescente que vive las mismas circunstancias a la inversa y la obligación que ellos sentirán de burlarse de otros jóvenes para no ser descubiertos en su homosexualidad, buscando de esta manera ser aceptados.

Ideas aprendidas desde siempre, cual lecciones de hipnopedia, las que asimila el niño que una vez hombre defenderá sólidamente que mostrar sentimientos es exclusivo de las mujeres, el que es aprehendido si muestra alguna conducta que se desvíe de su “masculinidad”. Son ideas que se empiezan a formar, desde aquel día en que el pequeño debió olvidarse de la relación que había llevado con su madre para comenzar a ser “un hombre” y hacer cosas típicas de los varones, aunque éstas no le agraden.

No hay que olvidar la incipiente conformación de los roles de género, Está la niña que no debe jugar con cochecitos, pues será una “marimacha”. Están los niños que siempre deberán divertirse con juguetes bélicos y juegos bruscos, pues así deben ser ellos. Ese mismo niño que tiene prohibido jugar con las niñas, ya que no debe aprender actitudes que interfieran con el “macho” que será en un futuro. ¿Dónde comienza todo esto? Recordemos que desde bebés los varones van de azul, las niñas de rosado y son cosas que no deben cambiarse.

La homosexualidad ya no se considera oficialmente una enfermedad, toda la sociedad debe de saberlo. La verdadera enfermedad sería continuar viviendo así.

viernes, 14 de mayo de 2010

SIN TÍTULO


Es rudo y sensible a la vez. No todos pueden guardar tan celosamente un interior esponjoso bajo una cubierta rugosa y desafiante. No es un pan cualquiera. Me gusta imaginar que, en un principio, cuando él apenas dormía sereno, esperando a ser horneado, el panadero llegó. Amenazante, tomo su cuchillo y con cierto arte y delicadeza le infringió la herida en el lomo que haría al futuro Birote tan inigualable. Llagado, lastimado, mostrando sus entrañas, el Birote así comenzó a endurecerse. ¡Cuán rápido llega hasta su punto perfecto!

Pero no es el único, decenas de ellos aguardan el momento para ser enviados al mundo, a su canasta respectiva. No olvidemos que en toda sociedad, existe un afán por clasificar a sus habitantes por grupos. Ellos no son la excepción. Todas las etnias, todos los sabores, todas las formas, serán agrupadas según el fin que tengan: Salado, bola dulce, miniatura, aquel que tiene bajo él, esas bolitas tan iguales, perfectamente trazadas que se antojan arrancar una a una.

Pero no todo es felicidad: El birote también es receloso, vengativo. Si no le prestamos atención, si lo abandonamos aunque sea por un día, se vuelve duro, indócil, villano. Y entonces allá va de nuevo, pero ahora al horno de casa, para ablandarle de nuevo el corazón.

Aunque nos ha fallado, lo perdonamos. Está de nuevo en perfecto estado: tranquilo, vivo, humeante, dispuesto a complacer las más caprichosas fantasías.

lunes, 5 de abril de 2010

AFTERPARTY


Dos mujeres de largas pestañas y cejas pobladas nos reciben al entrar. Ambas fuman grandes cigarros de mariguana mientras intercambian miradas con algunos hombres que también se encuentran en la puerta. Es domingo al medio día y el ambiente en la calle se siente habitual, menos apresurado, hay pocos coches y sólo algunos comercios están abiertos. Es el centro de Guadalajara y las calles Prisciliano Sánchez Y Galeana.

Recientemente, Abraham González Uyeda, diputado del Partido Acción Nacional presentó una propuesta para cerrar bares y antros a las 2 de la mañana. González Uyeda justifica su proyecto diciendo que homologando el cierre de establecimientos donde se vende alcohol se evitarán accidentes viales. La propuesta aún no ha sido aprobada, e incluso se ha planteado someterla a consulta ciudadana para saber cuál es el horario que sugiere la población joven para el cierre de bares. Mientras tanto, en la ciudad operan lugares como este: Euro, un afterparty donde la fiesta comienza a las 6 de la mañana y se prolonga hasta bien entrada la tarde.

Entrar aquí es gratis. Entramos. No hace falta mostrar identificación alguna, ni acreditar la mayoría de edad. Tampoco nos revisan en nuestra persona, ni en nuestras pertenencias. El ambiente se va oscureciendo mientras avanzamos y un penetrante olor a mariguana nos azota el rostro al adentrarnos por completo. Poco a poco comenzamos a notar a los asistentes, La diferencia entre hombres y mujeres no se dispara, El aspecto de la mayoría es casual, algunos hombres visten camisas a rayas, varias mujeres usan vestidos cortos o shorts y gran parte de las personas usa lentes oscuros. Los que en realidad se distinguen son los asistentes travestis y transgénero: todos ellos, más de 10, son muy altos y su colmado maquillaje descubre una pasada masculinidad. La pista de baile está delimitada por pilares y arcos, es evidente que el local nunca fue concebido para ser un bar o club de baile. Hay concurrencia, aún así cualquier aficionado a los antros podría decir que el lugar está algo vacío. El local es amplio, hace un calor húmedo y la pista de baile es iluminada por intermitentes luces azules y verdes. Arriba hay menos gente, sólo una pareja de hombres dormidos que están sentados en el piso, el cual está mojado completamente y dificulta la tarea de subir las escaleras.

Desde aquí arriba podemos ver mejor al DJ, mientras comienza a sonar la mezcla de I’m in love, sube a la cabina un hombre vestido enteramente de blanco, porta un sombrero y plumas al cuello. Baila y sonríe a los asistentes, mirándolos desde su sitio. La gente comienza a bailar con más ánimo. Han dejado sus mochilas y chamarras en el piso, en pequeños montones. Frecuentemente vemos que las personas pasan y tropiezan con las mochilas, lo cual no los detiene y desaparecen más adelante entre la gente.

No tenemos ganas de orinar, pero hemos llegado aquí a observar cómo son los llamados afterparties y entraremos a conocer los baños. A un costado del sanitario de caballeros está un hombre sin camisa, frente a él un contenedor azul con botellas de cerveza vacías. Se esfuerza notablemente por vomitar sobre el bote, pero no lo consigue, sus ojos están llorosos, y se observa desconcertado. El piso del baño está aún más mojado. Del lado izquierdo se encuentra el sanitario de mujeres. Él (después de las cirugías, ella) entra al baño. La piel de su rostro es blanca, tiene largo cabello negro, senos extraordinariamente grandes, al igual que sus labios y sólo viste un sostén negro de encaje y una pequeña falda de mezclilla. Su abdomen exhibe varias cicatrices, muestra efectiva de una liposucción mal practicada. Es seguida por un musculoso hombre de jeans y botas vaqueras. La de senos prominentes espera frente al cubículo a que el musculoso termine de defecar. Fuma y bebe de su Indio mientras observa la punta de las botas del hombre, que se asoman por debajo de la puerta y revelan su actividad.

La atmósfera del sanitario es un respiro, adentro no se percibe el olor a cigarro. Frente al espejo una mujer retoca su maquillaje, se apoya en el lavado, que tiene una gran cantidad de largos cabellos negros. Mientras tanto, el hombre musculoso ya ha terminado sus necesidades y ha dejado el baño inhabilitado para su correcto uso. Esta misma operación la han repetido en dos ocasiones, tal parece que a él no le gusta dejarla sola cuando tiene que ir al baño y tampoco le agrada usar el de caballeros.

Al regresar a la pista sentimos ese mismo golpe de mariguana que percibimos al entrar al antro. Recorremos los rostros y vemos uno familiar. No sabemos su nombre, ni hemos hablado con él. Lo vimos por primera vez hace más de 12 horas, en un club nocturno: Siete Pecados. Es joven, de piel blanca, cabello rubio y usa una holgada camisa blanca. Su aspecto revela que ha estado despierto todo ese tiempo, posiblemente ha recorrido los antros de la ciudad, ha visitado por lo menos dos, los mismos que nosotros. Ha cambiado de compañero en al menos dos ocasiones, los dos hombres que hemos visto con él.

Ahora tenemos al lado a dos vestidas, como suelen llamarle en los círculos homosexuales a los hombres que visten como mujeres, más no han cambiado de sexo. Ambos visten diminutos shorts de mezclilla y aspiran cocaína de un pequeño tubo color plata, que comparten. Tratan inútilmente de esconderse en la sombra, pues las luces verdes iluminan sus esnifadas. A unos pasos de ambos, se encuentran dos hombres sin camisa, grandes y velludos. Uno de ellos está recargado entre los pilares y el otro le practica sexo oral. La gente no los observa, nadie los molesta, no los interrumpen.

Mientras esto aquello ocurre, una mujer obesa se acerca y disimuladamente trata de tocarnos. Nos apartamos. Trata de tocar a la mayoría de los hombres que pasan junto a ella. Sólo uno se ha interesado, joven moreno y bajo de estatura, viste una camisa casual a rayas azules. Bailan y se tocan. Sólo en ese rincón del local las personas han interactuado con nosotros. Nos sentimos incómodos y nos movemos de lugar. Frente a nosotros se encuentra la barra. Se exhiben algunas botellas de Gatorade, tequila Herradura y bebidas energéticas. Un letrero luminoso que anuncia Red Bull se ubica en el dintel. Lo que más sirven son cervezas, $10 pesos por botella. A un costado de la barra hay unas escaleras, que conducen a una pared de cristal y a una pequeña puerta blanca. Subimos, pero nos detiene el hombre de sombrero blanco que bailada junto al DJ: - Ahí no pueden pasar, es acceso restringido- dice mientras sube las escaleras apresuradamente, contoneándose a cada peldaño. Minutos después, un hombre notablemente alcoholizado, de manera extraña y agresiva se nos acerca y emite un sonido gutural, como si tratase de imitar el rugido de un león, se va.

El lugar se ha ido atestando. El calor se ha vuelto incómodo. Nuestra visita ha terminado. Me pregunto qué pasará con lugares como este si es que las reformas propuestas por el PAN se llevan a cabo. ¿A dónde irá toda esta gente? ¿Cómo es que conseguirán seguir con la fiesta? Seguramente encontrarán la manera.