miércoles, 27 de febrero de 2013

Restaurantes de Ocotlán son de "fin de semana"


Gerentes y empleados notan disminución de ventas entre semana

Los restaurantes del centro histórico de Ocotlán ven disminuida su clientela de lunes a viernes, mientras que los fines de semana representan los mejores días para el ingreso en los establecimientos.

Isela Verdugo, cajera de Santómas, negocio ubicado frente al Kiosco municipal explica la situación:

"Realmente el fuerte es el fin de semana, pero sí ha estado baja la venta últimamente, casi no hemos tenido gente. La semana pasada estuvo muy tranquila. Siempre que hay puente nos afecta, sale la gente fuera y nos afecta un poco. Y pues yo creo que la economía está baja de manera general, creo que es por eso".

Esta es una opinión que comparte Marcela López, gerente de Santino’s, ubicado a unos metros de Santómas:

"Este restaurante está muy aclientado. Entre semana está un poco más baja la venta, pero está bien, en general bien".

Isela Verdugo y Marcela López concuerdan en que sábado y domingo son los mejores días en ventas, pero los restaurantes donde laboran tienen clientela y temporadas de repunte diferentes. Mientras que Santómas se ve afectado de manera negativa por las fiestas del pueblo, Santino’s ve aumentadas sus ganancias cuando en Ocotlán se festeja al Señor de la Misericordia.

"Enero y febrero fueron muy buenas temporadas. Marzo se bajó, y creo que se bajó debido a las fiestas de San José. También cuando hay fiestas se baja la venta", indica Isela Verdugo, cajera de Santómas.

Marcela López, por otra parte, expresa que la mejor temporada son las fiestas: "Porque estamos aquí frente a la plaza. Las fiestas del Señor de la Misericordia,  en septiembre y octubre. Bueno, tres días de octubre pero sigue estando muy bien". 

Algún tipo de evento especial que atrajese a visitantes a Ocotlán  entre semana es lo que la gerente de Santino’s, Marcela López, considera una buena estrategia para aumentar las ventas. "Algún atractivo para jalar más gente. Algún evento. Como por ejemplo, la Expo mueblera trae gente a Ocotlán. Más o menos de ese tipo".


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En la Plaza del centro histórico de Ocotlán también se ubican puestos de comida en la vía pública, que complementan la oferta gastronómica para los visitantes y la gente local. Patricia Elías tiene 24 años vendiendo Hot Dogs en un carrito que estaciona frente a una farmacia.

¿Cómo va el negocio actualmente?

Pues muy bajas las ventas.
  
¿Desde cuándo?

Desde Semana Santa yo noté. Se bajaron las ventas.

¿A qué cree que se deba?

Pues a falta de empleos, hay muchos jóvenes sin trabajo. Padres de familia también. No hay trabajo. Porque inclusive vienen, quieren un perrito, pero no se lo pueden comprar porque no tienen dinero. Y a veces hasta me piden fiado porque no tienen dinero.

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La Secretaría de Promoción Económica (Seproe) ofrece servicios de capacitación para el trabajo y crédito a empresas de la región a través de la oficina ubicada en Plaza San Felipe, pero no es común que empresarios del sector restaurantero acudan a solicitar estos servicios, según explica Araceli Tabarez Rodríguez, coordinadora de la Región Ciénega de la Seproe:

"Los que acuden más aquí son los empresarios de las industrias y de los comercios. De servicios sí ha habido solicitudes, pero muy pocas. Yo creo que el 70 por ciento son comerciantes, algún 20 son industriales (muebles) y los demás son de servicios. Es muy poco".

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En México el 78 por ciento de los negocios que venden comida se ubican en un local establecido para este fin, mientras que el 22 por ciento está en un lugar semifijo en la vía pública o en un espacio de una vivienda destinado a la preparación y la venta de los alimentos, según cifras del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e informática (Inegi).

Datos de la Cámara Nacional de la Industria Restaurantera y Alimentos Condimentados (Canirac) indican que la zona Ciénega cuenta con 800 restaurantes, ubicados en los municipios de Ocotlán, Chapala, Jamay, Tizapán El Alto y La Barca.

Las ventas totales de los restaurantes en México suman 183 millones de pesos y representan el 1.4 % del Producto Interno Bruto (PIB).

sábado, 25 de agosto de 2012

Descanse en paz



Finalmente te fuiste. Como si hubiese sido una muerte humana, lo hiciste cuando menos lo esperaba.

Después de tantos accidentes, decidiste perecer ante ninguno en especial. Otro día llegó al calendario y ya sólo mostrabas un mensaje de “bienvenido”, anunciando lo que sería más bien la despedida. Después, nada.

¿Cuántas veces caíste de mesas, escritorios y sillones? Caías para la sorpresa de todos, menos para la mía: sabía que resistías, que no pasaba nada más que algún rayón o raspadura.

Y los líquidos. Como aquella vez que recibiste sobre ti un “café del día, tall” entero. No ocurrió demasiado después, sólo actuaste raro un par de días y al tercero ya estabas de vuelta a la normalidad.

Así como el café fue el agua, los refrescos, las morusas, el polvo y todo lo demás que se podía escurrir o meter por tu superficie. No puedo decir que nada de esto te afectó en absoluto, pues con el paso del tiempo tus altavoces ya no sonaban, la tecla con la flecha abajo se tomó un descanso indefinido y tu mousepad perdía la cordura varias veces por hora.

Pero ningún agente extraño, de esos de los que advierten los manuales del usuario, podrían equipararse a los años de trabajo. En abril 2013 contaríamos el cuarto aniversario, pero apuesto que esos tres significaron cientos.

Anduviste de arriba abajo en mis innumerables viajes Ocotlán-Guadalajara-Tlaquepaque. Soportaste diferencias voltaicas americanas y europeas, sin ningún regulador. Te sometiste a tareas y programas que, por tu tamaño, nadie te creería capaz de realizar.

Por encima de todo esto, lo más importante es lo que te llevas guardado, lo cual dios sabe si se pueda recuperar. Te llevas el conocimiento preciso de una carrera universitaria casi completa y el recuerdo de los hechos que acontecieron en su transcurrir.

Recuerdos: cientos de fotografías, decenas de videos, artículos, publicaciones, conversaciones de mensajero, gente, lugares, momentos… Y el porno.


Dedicado al único artilugio tecnológico por momentos invencible, que jamás haya sido ensamblado en esta Tierra.

lunes, 11 de abril de 2011

El agujero clausurado


El sótano de los libros y las revistas es la antesala de lo que era el glory hole más grande de Guadalajara. También era el alivio para los cientos de compradores del Centro Histórico que no encontraban otro lugar para orinar.

La gente podía llegar pronta y pasar al baño directamente, sin siquiera hojear un poco las revistas, sin fingir una actitud de potencial comprador al que no se le debe negar un baño.

También era común la historia de aquellos presurosos por el uso del sanitario, pero que podían aguantarse unos minutos más y echaban un ojo a las publicaciones, para despistar a los guardias y a los vendedores del Sanborn’s que está en avenida 16 de Septiembre y Juárez.

Es desde septiembre del año pasado que este punto de encuentro ha ido perdiendo su fama. La administración decidió cobrar cinco pesos a cada persona que desee usar el baño y brindar el servicio gratuitamente a sus clientes, ya sea del restaurante o de la tienda, siempre y cuando acrediten su compra con la respectiva nota de venta.

Con la imposición de la cuota y el paso de los meses, el baño del Sanborn’s ha cambiado su ambiente. Ya no hay una larga fila de hombres esperando un mingitorio libre o un retrete. Ahora ellos pueden darse el gusto de elegir el que luzca más limpio. Pero las historias de aquel tiempo cuando el baño era gratis permanecen en la memoria.

Los cuentos urbanos de la Guadalajara homosexual apuntan al sanitario de este Sanborn’s como un lugar de ligue cotidiano y encuentros sexuales furtivos. Los hombres que deseaban descargar sus potencias seminales con la ayuda manual de otro varón se posaban frente al repertorio de revistas, fingiendo interés por alguna de ellas: Traveler, Expansión, Perros & Compañía, Vogue o 15 a 20, no les importaba mucho cual.

Sin prestarle demasiada atención a la lectura, los hombres examinaban a los demás alrededor. Una mirada de arriba abajo, un gesto cualquiera, una ligera inclinación de cabeza eran la invitación para irse al baño en compañía. Y listo, a través de uno de los agujeros gloriosos entre cubículos o de pie frente a los mingitorios (con la mano invadiendo al de un costado) era como los hombres conseguían sus placeres.

Francisco Mora, quien en la actualidad ofrece a los clientes las toallas para secar las manos y el jabón, relata:

“Yo no estoy en contra de ningún homosexual ni de preferencia ni nada, cada quién su cotorreo, pero se la pasaban allá en los libros, nomás viendo quién entraba. Y entraban y salían, y entraban y salían. Nomás estaban allí a ver si agarraban algo, checándose en los mingitorios. Y eso se acabó, ya no entran de esa gente, de esos chavos, sino que llegan directamente a lo que vienen. Eso estaba creando una fama bien enorme. A esta sucursal ya le decían Sanborn’s Gay por tanto chavo. Y ya no”.

En los lapsos entre que atiende a un cliente y al siguiente, Francisco explica que el servicio es más “exclusivo” a partir de que cobran por el uso del baño.

“Mucha gente todavía reniega. ¡Son cinco pesos, carnales! Un pesito más y te vas en el camión, pero aquí entras y todo está a tu disposición: jabón, papel hasta para llevarte a tu casa. Hay gente que le jala y le jala al papel y se lo llevan”.

- “Adelante joven, buenas tardes”. Y continúa:

“Si entras a cualquier otro baño público son tres pesos lo que te cobran, pero desde que entras te dan tus cinco pedacitos de papel y es tu bronca si alcanzas o no. Entonces sí es mucha la diferiencia”.

- “Suerte mi señor, ¡buen provecho!”.


Son cinco pesos que acabaron con el motel para exhibicionistas. Es positivo para quienes no desean ir a presenciar un espectáculo homo-erótico al baño, pero por el contrario algunos usuarios se quejan del cambio.

Carlos Ortiz tiene 32 años y es cliente de Sanborn’s 16 de Septiembre. “El otro día llevé mis revistas al carro y dije ¡Ay! me anda del baño. Entonces regresé y no me dejaron entrar”. Le negaron: “No, no, lo siento, no trae el comprobante”. Él respondió “¡Oye pero te acabo de comprar!”. Y opina: “¿Qué les pasa? ¿Por qué están generalizando? Puede haber gente que sí compró, pero que por alguna situación se le olvidó el ticket o se lo dio a un familiar. Si quiero entrar al baño y no me traje el ticket no me dejan pasar. ¿Y esos cinco pesos a dónde van? A la empresa. ¿Quién se está beneficiando? Ellos”.


Carlos también sabe del uso que se le daba en otros tiempos al baño que acaba de utilizar:

“A fin de cuentas la gente que entra al baño, entra a ligar, entra a lo que sea, pero también puede ser cliente. Y estoy seguro que la mayoría de los Sanborn’s pueden ser parte fundamental de un tipo de grupo, de homosexuales, de emos, de lo que sea. Somos clientes todos”.

Francisco Mora; el empleado y Carlos Ortiz; el cliente, tienen una breve discusión sobre las ventajas y las injusticias de que el acceso al baño sea restringido. Los clientes entran y salen ya sin detenerse a intercambiar miradas entre ellos. Mientras, el agujero que alguna vez sirvió de puente entre un miembro y otra boca, ya está clausurado con una placa y tres tornillos.

lunes, 14 de marzo de 2011

La hora de las bicis

Jóvenes se adueñaron de plaza comercial para exigir un ciclo puerto

La gente en Centro Magno bebía café, miraban los escaparates y subían las escaleras que conducen al cine. De pronto, dos, tres, seis, más de cuarenta ciclistas irrumpieron al interior de la plaza comercial.

Comenzaron a dar vueltas al Starbucks que está al centro de la planta baja, con el escrutinio de las miradas curiosas. Ellas, ellos y sus bicicletas subieron las escaleras eléctricas y se adueñaron de la atención de todos los visitantes. “¿Para qué es eso?” Se comenzaban a preguntar.

Los elementos de seguridad privada comenzaron a actuar. Uno de los guardias se abalanzó sobre uno de los ciclistas para tratar de evitar que este subiera con bici por la escalera automatizada.

“No puedes subir con la bicicleta” le decía el guardia al joven mientras trataba de evitar el ascenso de la bici. La poca fuerza del empleado no evitó que el ciclista y su medio de transporte llegaran hasta el tercer piso de la plaza. “Es que también soy cliente, es mi bicicleta” decía el protestante.

Los motivos del movimiento ciclista

Fernando Hernández, mejor conocido como Micro en las redes sociales fue al cine de Centro Magno hace aproximadamente dos semanas. Encadenó su bicicleta en una de las jardineras del exterior del centro comercial. Cuando salió de la plaza se dio cuenta de que le habían robado su medio de transporte.

Buscó una cita con los administradores para tratar el asunto, pero no recibió respuesta. Es por ello que decidió protestar y armar un Flash Mob, que es un movimiento de expresión donde personas se reúnen para apropiarse simbólicamente de un espacio público y así comunicar ideas a los observantes sobre lo que les gusta, apasiona, inconforma o contraría.

Por medio de Twitter y Facebook, Micro convocó a los ciclistas de la ciudad para que se dieran cita ayer a las seis y media de la tarde en Centro Magno, con cascos, coderas, canastillas, banderas con bicis pintadas y las mismas bicicletas, por supuesto. El objetivo; exigir a la administración de la plaza que instale ciclo puertos para que clientes como Micro, puedan realizar sus compras despreocupadamente.

La gente aplaudía, gritaba, echaba porras. Los más de cuarenta ciclistas recibieron el indiscutible apoyo de la clientela de Centro Magno. Pero el movimiento no fue del agrado de la seguridad, ni de algunos de los locatarios. Un joven encargado de una tienda de celulares expresó: “No está chido que metan bicis aquí”.

La discusión

Micro, mediante un altoparlante planteó dos opciones para el personal de seguridad, ante decenas de miradas que se asomaban por los balcones de los tres niveles de la plaza. “Una es que nos vayamos de aquí como llegamos porque no les caímos bien a los de seguridad y la otra es que nos den chance de consumir aquí con nuestras bicicletas adentro para que no nos las roben. Ustedes dicen”.

Fue en ese momento cuando comenzó una discusión entre Micro, el resto de los ciclistas y el personal de seguridad, en especial con Antonio Morales, que preocupado por su trabajo, les pedía a los manifestantes que sacaran sus bicicletas con frases como las siguientes:

“Es que es en serio, saquen las bicis allá afuera, no los estoy corriendo”.
“La manifestación se puede hacer de otra manera, no entrando en una plaza, donde es privado”.
“¡A poco nomás por una bicicleta robada estás haciendo esto!”.
“Los invitamos a que vengan a la plaza, a que consuman, a que se diviertan, pero sanamente”. A lo que Micro respondió: “¿Y venir en bicicleta no es sano?”.


Alrededor de las siete de la tarde arribaron dos policías de la Dirección General de Seguridad Pública de Guadalajara y Maricarmen Almaral, una de las administradoras de la plaza.

Los manifestantes ya se retiraban, pero a las afueras del centro comercial se sumieron en una discusión con los policías y la administradora. Los oficiales alegaban que esa no era la manera de expresar inconformidades a una empresa, que lo correcto era enviar cartas a la administración y Maricarmen Almaral sostenía por su parte que nunca recibió la visita de Micro para tratar de solucionar su problema por una vía menos llamativa que el Flash Mob.

Se van

Al grito de “¡Ciclo puerto, ciclo puerto!” los manifestantes abandonaron la plaza a las siete con diez minutos con dirección al Parque Revolución. “Allí vamos a estar conviviendo un rato”, expresó Micro por el altavoz.

2, 812 pesos fue el consumo total de los ciclistas en la media hora aproximada que estuvieron al interior de la plaza, cifra que sumaron con notas de venta de helados y cafés principalmente.



lunes, 21 de febrero de 2011

Los cuentos a la calle

Todos los domingos en la Vía Recreactiva las familias pueden asistir a escuchar narraciones al aire libre

La idea de llevar a las calles a autores como Agustín Yáñez y Jorge Ibargüengoitia es para sembrar en los niños y las niñas el placer por la lectura, así como para conocer las historias que a los pequeños les pasan por la mente.

Algunos sillones puff, un estante con libros que la gente e instituciones han donado, un micrófono y el indispensable Cuentacuentos es lo que compone el Faro de la Lectura, que se instala en el parque del Ex Convento del Carmen desde las 8:00 de la mañana hasta la 1:30 de la tarde.

Cuadro de texto: Fotografía: Daniel BadilloIsidro Delgado, profesor de secundaria y en la Universidad de Guadalajara es el encargado de narrar las historias. Sobre su trabajo en El Faro explicó:

“A mí me fascina el que nos estén acompañando y participando. Está lleno el espacio, a lo mejor porque tenemos poquitos lugares pero regularmente ha habido gente. Ellos se van contentos”.

Aseguró que adultos, niñas y niños disfrutan de escuchar cuentos, pero que el espacio de lectura también invita a los asistentes a escribir y compartir sus propias narraciones: “Aquí aparecen textos extraordinarios que podrían estar en cualquier libro de literatura. Eso es muy bueno”.

El Faro de la Lectura tiene visitantes ocasionales y otros que acuden cada domingo. Ana Luisa Medina (a la derecha en la fotografía, vistiendo una blusa rosa) acudió por primera vez y prometió volver con su pequeña hija.

Pero además, Ana Luisa tiene sugerencias para mejorar el espacio de lectura, el cual tiene dos principales deficiencias:

“La música (proveniente de las carpas vecinas a la de El Faro) no deja escuchar al narrador. Hay que respetar la zona, si es de lectura pues la gente se distrae. También un mejor sonido para que se aprecie mejor”.

Lo anterior lo expresó ya que el altavoz del que se vale Isidro Delgado el Cuentacuentos, se oye distorsionado y opacado por la interferencia de una señal de radio que se alcanza a percibir en segundo plano. Es una falla notoria, pero que según los encargados no ocurre con frecuencia.

viernes, 10 de diciembre de 2010

¿Por qué nos 'encanta' Mc Donald's?


Deje de lado lo refinado

Cuando la gente lee reseñas de restaurantes en publicaciones especializadas y revistas de entretenimiento, lo que encuentra generalmente es publicidad disfrazada de reportaje. Dicha publicidad trata principalmente de lugares “refinados” y costosos.

En esta ocasión nos ocuparemos de un lugar costoso, pero no refinado. Mc Donald’s es el restaurante de comida rápida más famoso en el planeta. No hace falta remitirnos a estudio de mercado alguno o estadística; sino que alcanza con preguntarle a cualquier niño: “¿A dónde te gusta que te lleven a comer tus papás?” y la respuesta será casi inmediata, con una sonrisa de ilusión incluida.

¿Dónde puede encontrar un restaurante de estos? Prácticamente en todo México y el mundo. Tan sólo en la ciudad de Guadalajara, Mc Donald’s cuenta con 14 sucursales y seguirá abriendo más (cinco sucursales nuevas al día a nivel mundial, según gestiopolis.com).

Así se vive

Por si usted es una de esas rarezas que nunca ha pisado un Mc Donald’s, cuando se decida a hacerlo, vivirá la experiencia así:

Atrás de una serie de computadores color azul encontrará jovencitos y muchachas en vaqueros azules y camisas polo color rojo, con delgadas líneas en amarillo. Estos jóvenes de gorra lo saludarán mecánicamente y le preguntarán que es lo que desea ingerir.

Con la ayuda de las engañosas imágenes que están colocadas donde todo comensal las puede ver, usted se decidirá por una hamburguesa y sus complementos. El joven o la chica tratarán de persuadirlo (y esto siempre es así) para que usted se lleve una hamburguesa más grande, le agregue más ingredientes o disfrute un postre más calórico aún.

Es aquí donde entra la justificación de por qué decimos que Mc Donald’s es costoso pero no refinado. Lo que usted vislumbra como una comida sencilla puede terminar siendo “mejorada” por tocino, guacamole, algún pan especial y un McFlurry con un poquito más de galletas. Todo en tamaño extra, lo cual aumentará considerablemente la cuenta a pagar, la que le aconsejamos pague en efectivo, ya que si deslizan su tarjeta, le cobrarán cinco pesos adicionales al total.

Transcurridos cinco o diez minutos (cuando el restaurante no se encuentre copado de gente ansiosa de carne, de ser así la espera será mayor) su orden le será entregada, ya sea para llevar en una bonita bolsa de papel reciclado o para comer allí, en una charola plástica.

Nuestra experiencia

Para nuestro día de comida rápida elegimos el jueves porque es cuando los restaurantes de esta cadena ofrecen su mejor hamburguesa al precio más bajo: la Big Mac cuesta sólo 37 pesos, cuando en el resto de la semana el costo puede superar los 100 pesos, dependiendo de la ciudad y la ubicación de la sucursal (en zonas turísticas y aeropuertos todo el menú suele ser más caro).

Pedimos comida para el momento y para llevar. Pero ¿qué pasa? Las hamburguesas llevan cátsup, mostaza, mayonesa, salsa si se gusta. ¿Dónde están? Tenemos que advertirle que es usted quien debe pedir que le den estos sazonadores. Y lo tiene que hacer con la cantidad exacta de sobres, de lo contrario, no le darán nada.

Y llegó la hora de comer. Nuestras Big Mac reposaban en sus respectivas cajas de cartón. Al abrirlas descubrimos unas hamburguesas que nos sugerían cómo fue su proceso de preparación:

El pan, parcialmente caliente. En el fondo de la caja de cartón, algunos trozos de lechuga que no atinaron a caer dentro de la hamburguesa y denotaban la rapidez con que ésta fue preparada. La carne, como si una aplanadora le hubiese pasado a la vaca por encima: oprimida y triste.

Pero todo lo anterior importó poco al momento de dar el primer mordisco, bocado inaugural que le arrancó buena parte a la hamburguesa de una vez, lo que fue verdaderamente triste al dar cuenta de la fugacidad de sus proporciones. Ese aderezo Big Mac que los mortales no sabemos qué contiene, esa cátsup ácida que combina a la perfección, esas papas saladas en demasía que ingeríamos una seguida de otra hasta terminarlas todas. Es por ello que nos “encanta Mc Donald’s” como bien reza su eslogan.

Reconocemos que es malévolo, que lo que en países desarrollados es considerado comida barata y rápida, en México no lo es, ni lo uno ni lo otro, pero nos gusta. Nos gusta sencillamente por su sabor, ese dejo de Mc Donald’s en el paladar que caseramente jamás se podrá igualar. Sabemos que no es saludable, pero pocas cosas en la vida lo son, así que ¿por qué preocuparse?

Por esta y por mil razones más nos declaramos patológicamente enamorados de Mc Donald’s. Y lo seguiremos estando.

lunes, 6 de diciembre de 2010

La Reunión


Se paró enfrente del hombre que estaba en la recepción, en silencio.

-Ahorita que se quite la lluvia empiezan a llegar, como en unos diez minutos. Mientras te puedes pasar, si quieres- dijo el encargado.

Necesitaba con urgencia un sanitario, así que decidió entrar de una vez. Casa vieja, pintada por completo de color azul y puertas negras de herrería, El baño estaba a un costado de la fuente que adornaba el patio central.

Habiendo terminado, se dirigió a la recepción a esperar a que la concurrencia llegase. Al igual que él, otros tres hombres, jóvenes todos, esperaban. Aún seguía lloviendo. Se impacientaron y uno a uno fueron retirándose al ver que nadie más aparecía. Se sintió incómodo siendo el único que esperaba en la recepción, no encontraba la manera de parase sin sentirse una prostituta, así que decidió volver después de algunos minutos.

Recorrió brevemente la calle hasta casi llegar a la Avenida La Paz. El centro de Guadalajara a las once de la noche no inspira tranquilidad, así que no se alejó demasiado de la antigua casa que funciona como ciber-café. Bajo un árbol, protegido por la oscuridad y los coches estacionados en la zona, pudo observar cómo arribaban poco a poco los asistentes. En poco tiempo comenzaría la “reunión” que allí se llevaría a cabo y a la que decidió asistir para observar cómo es que se llevan a cabo esas congregaciones.

–Oye, ¿sabes dónde está un ciber en esta calle?- lo sorprendió un muchacho en una camioneta blanca que estacionó a su lado. Iba acompañado de otro joven que vestía una chamarra negra. – Un ciber, un ciber- le decía, mientras parpadeaba constantemente. Sus ojos verdes lloraban ligeramente y estaba notablemente desconcertado, drogado.

–Allí a unos pasos donde está la puerta negra- atinó a decirle y comenzó a caminar en dirección contraria, como si fuese a algún otro lugar. Regresó a su árbol una vez que entraron a la casa. Al igual que ellos, parejas de hombres llegaban a la reunión, todos descendían de camionetas y automóviles grandes. Solo uno llegó caminando, un joven delgado, no muy alto, abrigado con una abultada chamarra blanca. En ese momento sintió que ya era la hora indicada, unos minutos pasadas las once y media.

Momentos después de tocar la puerta, el mismo joven que lo atendió por primera vez le pidió que entrara. Adentro, frente a la computadora estaba otro hombre, algo mayor. Éste, mostrando unos dientes considerablemente chuecos comenzó con la rutina:

-¿Cómo te llamas?

Josué.

-Ora sí llegaste a la hora, ¡eh!- dijo con un tono que intentaba ser pícaro. Josué contestó con una sonrisa fingida.

El encargado tecleó “Josué en una hoja de Excel y también lo escribió en una pequeña etiqueta blanca.

- Son sesenta pesos.

El dinero le daba el derecho a utilizar las instalaciones, a una bebida (una cerveza en un vaso de plástico) y a disponer de todos los condones que llegara a necesitar, los cuales estaban en el escritorio del encargado en un tazón de vidrio. Era un coctel de preservativos de diferentes marcas y edades, la mayoría era de los que otorga gratuitamente la Secretaría de Salud, todos ya sin aire en el interior. Le dio el cambio y a la vez le colocó una pulsera de papel azul, con la etiqueta pegada.

A partir de ese momento ya podía hacer lo que él quisiera.

La planta baja tenía dos habitaciones y dos sanitarios. Las luces ya habían sido apagadas y la atmósfera sólo era iluminada por velas rojas en los baños, como de esas que se utilizan en los adornos de navidad. También comenzó a sonar música electrónica por toda la casa.

Había un grupo de tres hombres conversando y bebiendo al pie de las escaleras. Arriba, una habitación grande estaba rodeada de cubículos, separados cada uno sólo por cortinas de manta, con una computadora y una o dos sillas al interior. La luz de las pantallas brindaba una iluminación mayor a la que había en la planta baja. Allí, sólo había dos jóvenes recargados en el barandal de las escaleras y otros dos en sus respectivos cubículos. Al fondo, una pequeña habitación que, junto con otra, más tarde sería utilizada como cuarto oscuro.

Hombres subían y bajaban, caras nuevas, recién llegados. La lluvia ya había cesado y como lo predijo el encargado, la gente arribaba. De un momento a otro, Josué se quedó solo rodeado de computadoras. Comenzó a escuchar cómo desde el cubículo de la esquina una pareja se besaba, jadeantes. Al otro extremo de la habitación, en el baño, también comenzaron a salir sonidos: un hombre dando leves gemidos, breves, reservados.

Decidió volver a la planta baja y ver qué era lo que sucedía allá. En una de las habitaciones, comenzaba a reproducirse Corrupción Mexicana, una película pornográfica gay, de producción nacional. Frente al monitor estaba Rogelio, un hombre que seguramente apenas pasaba los treinta años y que miraba atento. Josué le dijo que era la primera vez que iba a una reunión de ese tipo y que no sabía exactamente lo que ocurriría.

- Pues, vienes, te quedas en ropa interior y… si alguien te gusta, pues ya sabes- Sonriendo brevemente, sonaba tranquilo, con la seguridad del experto que instruye al principiante. Él ya estaba en ropa interior y camiseta.

-¿Sueles venir a menudo?- le preguntó.

- Pues, sí, algunas veces. Te la pasas a gusto.

En ese momento, entró un hombre alto y rapado. Usaba una gorra gris, unos calzones que hacían juego y una playera negra. Les entregó bolsas para basura y se fue para seguir repartiendo. Josué salió de la habitación y se encontró con un grupo de hombres en calzones. Uno de ellos, el que hablaba más animadamente y era más escandaloso lo interceptó:

- Oye, oye, ¿Por qué tan vestido? Recorrió con sus dedos el pecho de Josué, por encima de la camisa.- A partir de este momento todos se van a quedar en ropa interior, echas en la bolsa tu ropa y la dejas en la recepción- añadió.

El grupo de hombres miraba atento a los movimientos de Josué. No hizo nada, no dijo nada. Debía hacerlo, todos estaban expectantes y si no se quitaba la ropa, estaría demostrando que no había ido a la reunión para participar, sino para hacer cualquier otra cosa (como ser el protagonista de una crónica, por ejemplo) Dejó la paranoia a un lado cuando el hombre comenzó:

– A ver, deja te ayudo- dijo el escandaloso. Empezó a quitarle la playera y Josué le ayudó quitándose el pantalón. Su identificación, dinero, llaves y su teléfono celular iban en los bolsillos y no le quedó más remedio que confiar en la bolsa de basura y entregarla. El encargado la señalizó con otra etiqueta y la depositó en la habitación que estaba a sus espaldas, de acceso restringido.

- ¿Así está mejor? les lanzó la pregunta tratando de ocultar su nerviosismo.

Comenzaron a charlar. Uno de ellos, el más alto, musculoso y con una pequeñísima trusa transparente decía ser médico en Madrid. Aseguraba que la gente se contagia de VIH aún utilizando el condón:

-No te sirve de nada, lo que realmente importa son tus defensas, si te vas a contagiar, te vas a contagiar. Te aseguro que más de uno en esta casa está contagiado y nunca se ha hecho una sola prueba. ¿Pero sabes qué es lo realmente importante? Que la cura para el SIDA ya existe, ¡la cura para el VIH ya existe! pero esos cabrones de los laboratorios farmacéuticos no la quieren sacar ¿Por qué? Porque hay un chingo de lana de por medio, en la venta de retro virales- Por momentos al “madrileño” se le olvidaba que estaba siendo un español y comenzaba a utilizar palabras y acentos propios de un mexicano, como él.

Otro de los hombres, muy bajo de estatura era de Guanajuato. Le llegó la invitación a la reunión por medio de una página web de ligue homosexual: -manhunt.net- Su primo no quiso entrar a la fiesta y se quedó esperándolo afuera en su camioneta. Ambos planeaban ir a bailar a Blackcherry, una vez terminada la reunión. –Me vale que se espere, yo me la estoy pasando bien- decía mientras bailaba tomándose del pilar de la fuente, como si éste fuese un tubo en un table dance.

La charla se tornó del VIH hacia el gusto por la forma de los penes: El médico no se acostaba con alguien si el hombre no tenía una “polla” de veintitrés centímetros de largo o más – ¿Cuál es el promedio aquí? ¿Quince, dieciséis? ¡Eso de qué me sirve!-

Después aceptó que él se conformaba con penes de menor tamaño que veintitrés centímetros sólo si los hombres lo tenían grueso, “muy grueso” – Pero bueno, vamos a follar, ¿no?- dijo mientras ingresaba a una habitación junto a las escaleras, la segunda utilizada como cuarto oscuro.

Lo dejaron. Se sentía como un niño en el preescolar que no encuentra con quién pasar los minutos del recreo. En el patio, el hombre corto de estatura estaba conversando con uno de los encargados de la casa-ciber-café y se les había unido otro hombre, en sus veintes seguramente, que usaba solamente una trusa negra y un collar largo de madera. A los primeros dos Josué ya los había visto y habían intercambiado algunas palabras, así que se dedicó al del collar:

-Hola, ¿cómo te llamas?- Preguntó.

- Rafael, ¿y tú?

- Joel, soy Joel- (no se le ocurrió otro nombre no tan parecido al suyo).

En el círculo que formaron todos asentían e intercambiaban sonrisas discretamente. Hombres venían, escuchaban y se iban, algún otro se quedó. Josué le preguntó al de la trusa negra a qué se dedicaba. Después de dudar un poco, respondió:

-Vendo collares. Sí, así es, vendo collares. Y jugaba con las cuentas de madera.

-¿Ah sí, y cómo los haces?- Preguntó otro de los hombres que se habían unido al círculo.

- ¿Quieres saber? Ven, deja te enseño cómo- Lo condujo hasta una de las habitaciones. Recargado en la pared, el del collar de madera comenzó a acariciar al otro joven. Tuvieron una breve conversación:

- ¿En serio vendes collares?

- Bueno, no, soy RP.

- ¿De dónde?

-¿Para qué quieres saber?

-¿De dónde?

- De Telcel pues. Mejor te la mamo, ¿no?

- Con un condón, vas.

- ¿Con un condón, una mamada? -dijo el del collar, muy extrañado al escuchar esas palabras – Entonces mejor te la meto- añadió.

Volteó al joven bruscamente, se colocó un preservativo y comenzó a penetrarlo. Con la palma de la mano lo hizo agacharse. Más hombres comenzaron a llegar a la habitación para presenciarlo. Constantemente el joven se enderezaba y el del collar lo obligaba a bajar la cabeza de nuevo. El que penetraba estaba impasible, no abría la boca ni un milímetro. El otro gemía, daba grititos, constantemente se lubricaba el ano con saliva.

-Espérate- Y le sacó el pene de repente- Es que creo que se rompió.

-A ver- y el otro le pasó los dedos por el pene.- No, está bien.

Volvió a empinarse, a gemir de nuevo.

-Espérate, es que creo que huele feo, volvió a interrumpir- El otro pasó de nuevo sus dedos y luego se los llevó a la nariz.

-No, huele a condón nada más.

El de los collares repitió las palabras de su compañero y se quitó el preservativo, arrojándolo al piso. Se fue de la habitación dejando al otro con los calzones a los tobillos. Su show ya se había terminado.

Al pie de las escaleras, a la entrada del cuarto oscuro, se había reunido un grupo de hombres. Indecisos miraban al interior de la habitación, como quien está a punto de lanzarse al agua, de un clavado. Josué los hizo a un lado y entró. Calor humano fue lo que lo recibió. Allí la luz de las velas ya no alcanzó a penetrar para nada.

El cuarto estaba lleno. Había un semicírculo de hombres con la ropa interior hasta las rodillas, algunos otros les practicaban sexo oral. Pegado a la pared, Josué fue recorriendo la habitación hasta llegar al fondo.

Gemidos. Respiraciones agitadas. Calor.

El Laberinto es el nombre del cibercafé que algunos fines de semana organiza orgías homosexuales después de las diez de la noche. Y así se sentía Josué, en un laberinto donde cualquier rincón era inhóspito. Un laberinto que memorizó al poco tiempo de haberlo recorrido. Entró a las mismas habitaciones, a los mismos baños, al mismo patio una vez tras otra, encontrando a gente diferente cada vez que inspeccionaba algún rincón.

Subió las escaleras una vez más. Ocupó uno de los cubículos. Sin darse cuenta, ya habían transcurrido aproximadamente tres horas desde su llegada.

La página principal era un chat:

– ¿Quién está en el ciber Laberinto?- se leía en la pantalla. –

-Somos dos, uno pasivo y el otro inter- decía otro de los mensajes que iban apareciendo en la ventana de la conversación grupal. Pasivo es igual a “me gusta ser penetrado” e inter a “me gusta penetrar y ser penetrado”.

Un nuevo mensaje:- Pasivo en el nueve, ¿alguien para coger ahorita?

-¿En qué número estás?- le respondía otro.

Y se juntaron. Dos hombres comenzaron a tener sexo en uno de los cubículos mientras los mirones pasaban a un costado, abrían un poco la cortina y se iban. Algunos otros miraban por encima. Pero todos miraban. Josué miraba. Miraba cómo un muchacho delgado le metía la lengua entre las nalgas a un hombre rapado, algo mayor que él, cómo después le chupaba el pene, cómo después era penetrado por el pelón.

La pared a las espaldas de Josué era la única dirección donde no lo rodeaba el sexo. Frente a él la pareja, a un costado, el cuarto oscuro de la planta alta, lleno de gente, el cuarto escupiendo gemidos por la puerta. Al otro lado, un hombre desnudo de pies a cabeza, velludo y grueso se masturbaba mirando pornografía en internet.

¿Aquello era todo? ¿Qué más podía ocurrir? ¿En qué momento debía irse? se preguntaba.

–Hola- le dijo un joven bajo, blanco, tímido, como de unos dieciocho años. Josué casi no alcanzó a escuchar las palabras. –Qué onda- replicó subiendo el tono un poco.

- Hola, respondió Josué.

- ¿Quieres ir abajo?

- Sí, expresó sin pensarlo. No se dio cuenta de que esas palabras eran una invitación. Lo siguió por las escaleras hasta el cuarto oscuro de la planta baja. Cruzaron la barrera de gente y se colocaron en una esquina. Hasta ese momento, no se habían puesto las manos encima.

El joven se volteó y pegándole sus nalgas a Josué comenzó a estrujarse, a moverse. El joven le bajó el bóxer y con una mano le sostuvo el pene, con la otra le colocó un preservativo de un solo movimiento:

-¿Me la quieres meter?-

El corazón se le aceleró a Josué más que en toda la noche y sus nervios llegaron al máximo.

-Espérame poquito- le dijo y salió casi corriendo de la habitación, subiéndose el bóxer, no sin antes quitarse el condón y tirarlo en el piso.

Fue de inmediato al baño, se bajó de nuevo la ropa interior y comenzó a lavarse el pene con mucha agua. No sabe por qué hizo eso, no era necesario, no le iba a servir de nada.

De pronto escuchó un ruido en la ventana. Era el joven que quería que lo penetraran, asomándose entre las celosías. Segundos después, éste empujó la puerta, queriendo entrar. Josué se sintió como en esas películas de zombis donde las criaturas hacen hasta lo imposible para llegar a sus víctimas y se cuelan por donde sea (fue muy exagerado).

Lo encontró, lo abrazó y comenzó a tocarlo de nuevo. A Josué, excusas no se le ocurrían. Debía pensar en algo pronto. En definitiva, estaba allí para observar lo que ocurría en una reunión clandestina como esa, no para terminar participando en ella.

-En serio, me tengo que ir, me tengo que ir.

Y lo dejó en el baño antes de que pudiese decir palabra alguna.

Le entregaron a Josué su bolsa de basura. Ni siquiera revisó si sus pertenecías seguían en los bolsillos. El encargado le abrió la puerta diciendo buenas noches y él salió, con el pene mojado, con el corazón a punto de explotarle y con el olor de un perfume ajeno, con ese olor, que lo persiguió hasta el día siguiente, aún después de tomar el baño.